Cómo, y por qué, conseguir un desarrollo equilibrado.

Cómo, y por qué, conseguir un desarrollo equilibrado.

Relacionado con el artículo anterior, Realización y competitividad, hay un tema que entiendo que puede ser interesante comentar con un poco de detalle, ya que ha salido también en alguna otra charla sobre paternidad y maternidad consciente, y es la conveniencia de procurar en nuestros hijos un desarrollo integral de sus capacidades, en especial aquellas que, por cualquier motivo, observamos que les genera mayor dificultad llevarlas a cabo. Había, por parte de algunos padres, dudas sobre hasta qué punto se debía promover en los niños estas actividades, para ellos difíciles, o bien se debía dejar que, por decirlo así, todo siguiera su curso sin tener que hacer ninguna acción específica con ellas.

En la plataforma educativa que presento en la web, agrupo las capacidades genéricas del niño, y por extensión del ser humano, en tres grandes ámbitos: uno intelectual que abarca todo lo relacionados con la capacidad tanto de ver y comprender las cosas como de integrarlas en una visión del mundo y de si mismos (claridad, lucidez, visión, noción de identidad, etc….). En una frase corta: El saber y el saberse.

Hay después un segundo aspecto emocional, que incluye la capacidad de relacionarse con los demás dando pie a emociones de agrado y desagrado, la gestión de la propia felicidad y, también, el goce y disfrute estético (alegría, paz, bienestar, simpatía, gestión del disfrute de las cosas y de si mismo, interés, voluntad, etc…) . El querer, y el quererse.

Finalmente, hay un tercer componente energético, en el que tiene cabida todo lo referente a la capacidad de hacer, de interaccionar con la realidad y de gestionarse a él o ella como autor de esa interacción (seguridad, confianza, fuerza, disponibilidad, calma, vitalidad). Es el manejar, y el manejarse.

A partir de aquí, mi propuesta en esa charla fue que velaran por un desarrollo equilibrado de estos tres ámbitos, básicamente porque todo lo que ahora ellos como madres o padres no inciten a ejercitar lo harán las circunstancias más adelante, posiblemente de forma menos gradual y más abrupta.

Ilustraré esta afirmación con un ejemplo que, aunque es posible que afortunadamente cada vez se dé en menor grado, es bastante arquetípico: el niño o la niña que saca buenas calificaciones pero que en educación física a duras penas sabe dar una voltereta y a quien, y aquí está el error, se le acaba validando la asignatura al tiempo que se le anima por parte de todo el mundo a seguir esforzándose en los estudios porque eso “es lo suyo” y no las flexiones ni el  “Plinton”. Eso, que puede parecer muy práctico, deviene en realidad una condena, porque este chico, o chica, ve negada la posibilidad de ejercitamiento y desarrollo en sus capacidades físicas,  al tiempo que se le propone como alternativa un desarrollo en el mayor grado posible de su inteligencia, lo cual indefectiblemente dará pié, si esta “solución” se mantiene a lo largo de los años, a personas adultas con una capacidad muy limitada de manejar cualquier cosa relacionados con la energía, desde freír un huevo hasta afrontar con decisión y seguridad cualquier tarea. Eso sí, sabrán dar muchas explicaciones y esperarán que estas explicaciones le saquen de estos atolladeros, la mayoría de ocasiones con parcos resultados y generando desazón tanto en ellos como en sus allegados.

Ahora bien, si se hubiera seguido practicando estos ejercicios físicos hasta alcanzar un mínimo aceptable (sin pretender que se convirtiera en ningún atleta, pero sí, siguiendo con el ejemplo, ser capaz de dar una voltereta con cierta soltura) este niño o niña no sólo no hubiera recibido el mensaje que era “torpe”, sino que hubiera descubierto experimentalmente, y por tanto hubiera integrado, que sí podía darla y, de paso, encontrar con la práctica que es algo que puede llegar a ser incluso divertido.

¿Cuál es la clave para favorecer este desarrollo? Pues procurar las condiciones para que, con la ayuda y las dosis necesarias de paciencia y constancia por parte de los adultos, se le permita descubrirse primero en la capacidad y luego en el gozo de la expresión de esta capacidad; y este gozo no tanto por la obtención de ninguna nota o meta, sino por la simple manifestación en sí misma, sea dando piruetas, haciendo un dibujo, o integrando una explicación de naturaleza, historia o matemáticas en su composición del mundo.

Entonces, en tanto se logre despertar este gozo consciente en la expresión natural de esta capacidad, no sólo arrancaremos de raíz cualquier aspecto de negación o incapacidad, sino también de tarea esforzada. Todos nuestros hijos (y, por extensión, todos los adultos) pueden ejercitar estas capacidades, y desarrollarlas en la medida de sus posibilidades, sin tener que acabar siendo, y mucho menos exigírselo, ningún Messi, ni Picasso, ni Einstein, pero sí una persona que pueda disfrutar y expresar plenamente la energía, el amor y la inteligencia que, a poco que les prestemos atención, encontraremos en cada cosa que piensen, hagan o sientan. En ellos y en nosotros.

 

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