Realización y competividad.

Realización y competividad.

Hace unos meses tuve el placer de dar una charla en el centro L’Espiga, de Hospitalet de Llobregat (Barcelona), donde su directora Rosa Escarp y su equipo, además de hacer un magnífico trabajo con los niños que tienen a su cargo, me hicieron sentir como si estuviera en mi casa.

En el coloquio posterior, siempre interesante porque es donde aparecen las dificultades del día a día, surgió una pregunta que, según me consta, preocupa  a muchos padres, y que podríamos exponer en los siguientes términos: ¿de qué sirve que nosotros inculquemos en nuestros hijos el valor intrínseco del esfuerzo por encima de los resultados si resulta que todo a su alrededor (notas, competiciones deportivas, etc…) parece orientarse a la obtención de metas, hasta el punto de que, por poner un ejemplo su futuro profesional estará condicionado en tanto alcance, o no, determinadas calificaciones que le permitan, o no, poder estudiar tal o cual carrera que, a lo mejor desde hace muchos años siente que es la vocación de su vida.

No es este un tema baladí, porque podemos entender conceptualmente, e incluso hacer nuestra la idea de que lo procedente es alentar la expresión natural, consciente y equilibrada de las capacidades de nuestros hijos pero, ¿qué esperanzas podemos tener de que esto fructifique en un mundo si no hostil, si muy exigente y orientado a objetivos a muchos niveles?

La respuesta que ofrecí a estos padres, por cierto dispensadores hacia mi persona de la misma hospitalidad y confianza que el centro donde llevan a sus hijos, fue que no subestimaran su papel como padres y madres, ni la poderosa influencia que ejercían sobre sus hijos. De hecho, como comenté, para sus hijos ellos son en sus primeros años de vida ellos su referencia del mundo y de la vida, y las bases y  los principios que les transmitan a esas edades tempranas en tanto estén hechos con mimbres de amor y confianza, se asentarán en su interior de forma sólida y estable, y aunque después el mundo trate de zarandearlos, podrán mantenerse firmes en ellos, sabiéndose doblar como un junco si es menester (siguiendo con el ejemplo descrito anteriormente, enfrentando una selectividad) pero manteniéndose firmes en el fondo, en este caso en el gozo y la noción de realización en el esfuerzo como tal.

Para ilustrar este punto suelo recordar unas palabras del gran patinador español Javier Fernández, quien en una entrevista relató como, en la final del campeonato del mundo celebrado en Boston en 2016 al tener que afrontar el último ejercicio en clara desventaja respecto a su rival Yuzuru Hanyu, decidió no interesarse por la puntuación que su rival, que había actuado previamente, había alcanzado en esta última prueba y, sencillamente, se concentró en hacer el mejor ejercicio posible. Esa actitud que en este caso le llevó al oro con un ejercicio calificado por los expertos como excelso, da fe de que, además de permitirnos disfrutar mucho más de lo que hacemos, hacer las cosas con la simple intención de expresar al máximo lo que somos, sin buscar mayores aditamentos en ninguna comparación, no está exento de alcanzar muy buenos resultados. Y es de destacar que no siempre ha sido así con esta pareja de excelentes patinadores, en otras ocasiones los laureles han ido a parar a manos de Hanyu.

Así pues, preservemos en nuestros hijos el disfrute en la expresión de sus capacidades por el simple hecho de manifestarlas, sabiendo además que esta manifestación es personal, única e irrepetible, y solo por eso ya es merecedora de todo respeto y admiración. Porque, en verdad, si nos damos cuenta lo único que hemos de hacer es, como digo, preservar este gozo, porque ya está en ellos de forma natural en sus primeros años, y aunque dicha expresión no deba estar exenta a estas edades de ayuda u orientación por parte de padres y educadores, no confundamos estos apoyos con condicionamiento, exigencia y presión. En tanto padres y madres, en tanto referentes de su mundo, podemos hacerlo.

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